En un día como hoy, 10 de febrero, pero de 1818, en la ciudad de México, nace el ilustre poeta, hijo de José María Prieto Gamboa y Josefa Pradillo y Estañol, periodista, dramaturgo e historiador, político y maestro de maestros, de raigambre popular mexicana, José Guillermo Antonio Agustín Prieto Pradillo, a quien se atribuye la frase: "¡Alto, los valientes no asesinan!", pronunciada en defensa del presidente Benito Juárez anteponiéndose entre el patricio y los fusiles, en el momento en que lo estaban fusilando en Guadalajara. Muere el 2 de marzo. 1897, a los 79 años de edad de prolífica vida.
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GUILLERMO PRIETO
Voy a hablarles de un periodista honrado que lo fue todo: poeta, orador, maestro universitario, político, ministro de hacienda, parlamentario pero, sobre todo, ¡héroe!, un gran patriota.
Voy a reproducir la grandilocuente forma en que lo describían sus contemporáneos, con el peculiar lenguaje adornado de una retórica churrigueresca, propio de aquella época, a finales del Siglo XIX, así:
Guillermo Prieto domina la tribuna y es un grande orador popular. Su voz es sonora, conmovedora y simpática; arde en su alma el entusiasmo; su estilo es rico, florido, pintoresco y revela el instinto del ritmo armonioso; en su prosa se descubre la esencia de la poesía, a la que sólo falta su forma esencial, el verso; usa de esas espléndidas metáforas que son para el orador lo que es para el pintor el colorido y derrama a torrentes, en un lenguaje elegante y figurado, pensamientos elevados y siempre felices comparaciones; cautiva y a veces subyuga; un tropel de ideas asalta su imaginación ardiente y exuberante, las inicia, las mezcla en un vertiginoso poliorama[1] y deja adivinar más de lo que dice; es todo inspiración, efusión y espontaneidad, y por esto es un improvisador brillante, arrebatador, eminente: no ha consultado tal vez elDiálogo del Orador Romano ni el tratado de Quintiliano[2]; desdeña los preceptos de la retórica clásica pero obtiene resultado de la elocuencia -- atrae y convence-- "pectus est quod disertos facit"; no obedece siempre a las leyes inflexibles de la lógica, pero tiene arranques de inspiración, de exaltación, de energía viril y de patriotismo que recuerdan a Demóstenes[3] armando a los atenienses contra Filipo, a Cicerón anonadando a Verrés[4], a Pedro el Ermitaño[5] y a San Cristianos[6] a la defensa de los santos lugares; a Mirabeau[7] salvando a Francia de una ignominiosa bancarrota.

Sí, así--o en forma parecida-- lo ponía un escritor contemporáneo de Guillermo Prieto.
Escuchen ahora al poeta, y veremos en términos extraños la concepción que tenían de Fidel como autor de versos:
"Estarán pendientes de sus labios de oro; la poesía es en él instintiva; en la oda se encumbra hasta las alturas excelsas del heroísmo y de la sublimidad; en el romance es tierno, soñador, apasionado; lagrimoso y sentimental en la elegía; ligero y risueño en el alegro ditirambo[8]; es a un tiempo nuestro Píndaro, nuestro Cátulo[9] y nuestro Anacreonte[10], es el poeta del corazón como Metastasio[11], es dulce como Millevoye, extravagante como Ercilla[12], jocoso como Meléndez Valdés[13], e improvisa como Silvio Antoniano[14]; es, en fin, el primero de nuestros poetas líricos."
De esa peculiar y admirativa manera se expresaba allá por mayo de 1873 el conocido escritor Alfredo Bablot[15], en un "retrato parlamentario" que insertara en un periódico de la época. Y de la época es ese estilo conceptuoso y lleno de citas y de nombres con que se halla trazada la figura inolvidable del "Romancero", cuyos "San Lunes" se publicaron por primera vez en forma de libro debido a la iniciativa del laborioso historiador Nicolás Rangel[16], en 1923.
Cuando en marzo de 1897, se enlutaron las letras patrias al extinguirse para siempre la meritísima existencia de "Fidel", la voz de un reputado pendolista dijo lo siguiente:
"Acaba de apartarse de nuestro lado una de las figuras más genuinamente nacionales, una personalidad distinguida que viene a compendiar el carácter, el espíritu, el modo de ser de toda una época. Con Guillermo Prieto desaparece, en efecto, un pedazo de vida nacional, esa vida que, con sus vicios y sus virtudes, sus tristezas y sus glorias, sus entusiasmos y sus depresiones, ha animado y resumido la típica leyenda patria.
¿Quién no conoce en la república la historia de esta existencia? ¿Quién ignora los títulos que amparaban a Guillermo Prieto para ocupar un lugar predilecto en el corazón de los mexicanos? Rodeaba al ilustre anciano una como aureola formada por la gratitud y el cariño popular: Iba él de este modo protegido, a semejanza del héroe de Horacio, por una triple coraza de afectos, que la muerte ha, por fin, hecho pedazos".
A Guillermo Prieto, también se le llamó el "Tirteo de la Reforma y de la Intervención". Luego les digo lo que querían decir con eso de "Tirteo".[17]

Guillermo Prieto, datos biográficos esenciales:
Nació en la ciudad de México el 10 de febrero de 1818, hijo de José María Prieto Gamboa y Josefa Pradillo y Estañol. Su niñez transcurre por el rumbo del Molino del Rey junto al histórico Castillo de Chapultepec.
Contaba al morir 79 años, cargados de laureles. Sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres.
No hay sino hojear su libro "Memorias de mis Tiempos" para darse cuenta exacta de lo que fue la vida de este excelso hombre público que, formado por su propio esfuerzo, llegó desde la desmembrada mesa de escribientillo de la aduana, hasta los escaños de los ministerios y tuvo la honra de defender la libertad de su patria, no sólo con la pluma, sino con la voz más inspirada que ha resonado en nuestra historia en los momentos en que parecía naufragar el espíritu público ahogado por la traición y por la perfidia.
Guillermo Prieto era, según sus contemporáneos, una historia viviente. Como reunía a un gran talento un enorme gracejo y una frescura espiritual que nunca lo abandonaron, daba placer escuchar de sus labios las mil y una aventuras en que se había visto envuelto y la gente se relamía de gusto, oyendo cómo refería sus dimes y diretes con los habitantes de los barrios, sus conflictos durante las incontables revoluciones de que había sido testigo, o se conmovía cuando relataba los instantes tremendos de la peregrinación con Juárez por el desierto, en el grupo de "inmaculados" a que él pertenecía.
Bello tituló este último y muy justo epíteto, “inmaculado”, en su descripción de Guillermo Prieto, puesto que habiendo sido ministro de hacienda cuando se desamortizaron los bienes del clero, y tocándole a él, según la ley, el cinco por ciento de la operación, tuvo el orgullo de renunciar a ese beneficio "sacrificándolo todo, según él mismo lo refería, a un reputación sin mancha."
A continuación un trabajo de recopilación de este comentarista, con la ayuda de algunos alumnos del grupo SF03C, a los que conduje en el módulo de Periodismo y Literatura, en el Taller de Escritura, en la primavera del año de 2008, de la Carrera de Comunicación Social de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco:
Nació en la ciudad de México el 10 de febrero de 1818, hijo de José María Prieto Gamboa y Josefa Pradillo y Estañol. Su niñez transcurre por el rumbo del Molino del Rey junto al histórico Castillo de Chapultepec.
Contaba al morir 79 años, cargados de laureles. Sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres.
No hay sino hojear su libro "Memorias de mis Tiempos" para darse cuenta exacta de lo que fue la vida de este excelso hombre público que, formado por su propio esfuerzo, llegó desde la desmembrada mesa de escribientillo de la aduana, hasta los escaños de los ministerios y tuvo la honra de defender la libertad de su patria, no sólo con la pluma, sino con la voz más inspirada que ha resonado en nuestra historia en los momentos en que parecía naufragar el espíritu público ahogado por la traición y por la perfidia.
Guillermo Prieto era, según sus contemporáneos, una historia viviente. Como reunía a un gran talento un enorme gracejo y una frescura espiritual que nunca lo abandonaron, daba placer escuchar de sus labios las mil y una aventuras en que se había visto envuelto y la gente se relamía de gusto, oyendo cómo refería sus dimes y diretes con los habitantes de los barrios, sus conflictos durante las incontables revoluciones de que había sido testigo, o se conmovía cuando relataba los instantes tremendos de la peregrinación con Juárez por el desierto, en el grupo de "inmaculados" a que él pertenecía.
Bello tituló este último y muy justo epíteto, “inmaculado”, en su descripción de Guillermo Prieto, puesto que habiendo sido ministro de hacienda cuando se desamortizaron los bienes del clero, y tocándole a él, según la ley, el cinco por ciento de la operación, tuvo el orgullo de renunciar a ese beneficio "sacrificándolo todo, según él mismo lo refería, a un reputación sin mancha."
A continuación un trabajo de recopilación de este comentarista, con la ayuda de algunos alumnos del grupo SF03C, a los que conduje en el módulo de Periodismo y Literatura, en el Taller de Escritura, en la primavera del año de 2008, de la Carrera de Comunicación Social de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco:

Guillermo Prieto nació en Tacubaya, Distrito Federal, el 10 de febrero de 1818. Su niñez transcurre por el rumbo del Molino del Rey junto al histórico Castillo de Chapultepec.
Huérfano de padre a los 13 años de edad, tuvo que padecer otra desgracia; su madre se volvió loca. En efecto, meses después de la muerte de su marido, “un honrado molinero”, doña Josefa perdió la razón y el adolescente entró a trabajar como dependiente en una tienda de ropa. Todos los fines de semana visitaba a su madre en el psiquiátrico de La Castañeda y de aquella triste y dolorosa experiencia escribió un relato político, trasladando a los próceres los comportamientos de los locos del manicomio. La guerra civil, "un gigantesco manicomio, sin muros que contengan a los dementes".
Para subsistir, el pobre muchacho trabajó como dependiente en una tienda de ropa y luego como meritorio en la aduana, bajo la protección de don Andrés Quintana Roo.
Este notable personaje era, en los años 30, secretario de Justicia. Distinguiendo el talento de Guillermo, le dio empleo como meritorio en la Aduana y ya con este medio para ganarse la vida, pudo ingresar al Colegio de San Juan de Letrán.
Posteriormente, al lado de Manuel Toussaint Ferrer y los hermanos José María y Juan Lacunza, participó en la fundación de la Academia de Letrán, en 1836, dirigida por Andrés Quintana Roo, "a la que debe -según sus propias palabras- la tendencia a mexicanizar la literatura".
Luego, fue secretario particular de Valentín Gómez Farías y Anastasio Bustamante, sucesivamente. Comenzó su carrera de periodista en El Siglo XIX, como crítico teatral, publicando los "San Lunes de Fidel”. Por ese tiempo, colaboró también en el Monitor Republicano. En 1845 fundó, con Ignacio Ramírez el periódico satírico Don Simplicio.
Afiliado desde muy joven al Partido Liberal, defendió sus ideas en la prensa y en su poesía. En 1897 fundó con Manuel Altamirano e Ignacio Ramírez El Correo de México, pero no fue sino hasta 1859, en enero, en que apareció el primer número de su revistaEl Renacimiento, un hito en la historia de la literatura mexicana. Desde aquellas páginas, el maestro se propuso reunir a los escritores de todos los credos, sumando inteligencias en esta, la primera gran obra de reconstrucción nacional.
El espíritu de tolerancia del indígena puro Ignacio Ramírez, en el campo de las letras, quedó expresado en la exhortación que hizo, desde su revista en conciliar a los intelectuales de todos los bandos. Fue así como logró que escribieran ahí románticos, neoclásicos y eclécticos, conservadores y liberales, juaristas y progresistas, figuras consagradas y novatos de las letras, bohemios, poetas, sesudos ensayistas, solemnes historiadores y hombres de ciencia. Altamirano fue el puente entre la generación del liberalismo ilustrado, representado por Ignacio Ramírez, Francisco Zarco, Guillermo Prieto, Vicente Riva Palacio y la generación de los jóvenes escritores como Justo Sierra, Manuel Acuña, Manuel M. Flores, Juan de Dios Peza y Ángel de Campo.
Al terminarse el ciclo de esta revista fundó Ramírez los periódicos El Federalista(1871) y La Tribuna(1875), formó la primera Asociación Mutualista de Escritores, siendo él mismo presidente y Francisco Sosa el secretario, publicó La República (1880) periódico consagrado a defender los intereses de las clases trabajadoras.
Huérfano de padre a los 13 años de edad, tuvo que padecer otra desgracia; su madre se volvió loca. En efecto, meses después de la muerte de su marido, “un honrado molinero”, doña Josefa perdió la razón y el adolescente entró a trabajar como dependiente en una tienda de ropa. Todos los fines de semana visitaba a su madre en el psiquiátrico de La Castañeda y de aquella triste y dolorosa experiencia escribió un relato político, trasladando a los próceres los comportamientos de los locos del manicomio. La guerra civil, "un gigantesco manicomio, sin muros que contengan a los dementes".
Para subsistir, el pobre muchacho trabajó como dependiente en una tienda de ropa y luego como meritorio en la aduana, bajo la protección de don Andrés Quintana Roo.
Este notable personaje era, en los años 30, secretario de Justicia. Distinguiendo el talento de Guillermo, le dio empleo como meritorio en la Aduana y ya con este medio para ganarse la vida, pudo ingresar al Colegio de San Juan de Letrán.
Posteriormente, al lado de Manuel Toussaint Ferrer y los hermanos José María y Juan Lacunza, participó en la fundación de la Academia de Letrán, en 1836, dirigida por Andrés Quintana Roo, "a la que debe -según sus propias palabras- la tendencia a mexicanizar la literatura".
Luego, fue secretario particular de Valentín Gómez Farías y Anastasio Bustamante, sucesivamente. Comenzó su carrera de periodista en El Siglo XIX, como crítico teatral, publicando los "San Lunes de Fidel”. Por ese tiempo, colaboró también en el Monitor Republicano. En 1845 fundó, con Ignacio Ramírez el periódico satírico Don Simplicio.
Afiliado desde muy joven al Partido Liberal, defendió sus ideas en la prensa y en su poesía. En 1897 fundó con Manuel Altamirano e Ignacio Ramírez El Correo de México, pero no fue sino hasta 1859, en enero, en que apareció el primer número de su revistaEl Renacimiento, un hito en la historia de la literatura mexicana. Desde aquellas páginas, el maestro se propuso reunir a los escritores de todos los credos, sumando inteligencias en esta, la primera gran obra de reconstrucción nacional.
El espíritu de tolerancia del indígena puro Ignacio Ramírez, en el campo de las letras, quedó expresado en la exhortación que hizo, desde su revista en conciliar a los intelectuales de todos los bandos. Fue así como logró que escribieran ahí románticos, neoclásicos y eclécticos, conservadores y liberales, juaristas y progresistas, figuras consagradas y novatos de las letras, bohemios, poetas, sesudos ensayistas, solemnes historiadores y hombres de ciencia. Altamirano fue el puente entre la generación del liberalismo ilustrado, representado por Ignacio Ramírez, Francisco Zarco, Guillermo Prieto, Vicente Riva Palacio y la generación de los jóvenes escritores como Justo Sierra, Manuel Acuña, Manuel M. Flores, Juan de Dios Peza y Ángel de Campo.
Al terminarse el ciclo de esta revista fundó Ramírez los periódicos El Federalista(1871) y La Tribuna(1875), formó la primera Asociación Mutualista de Escritores, siendo él mismo presidente y Francisco Sosa el secretario, publicó La República (1880) periódico consagrado a defender los intereses de las clases trabajadoras.
Prieto, entretanto, fue ministro de Hacienda --"cuidaba el pan del pobre"-- en el gabinete del general Mariano Arista (14 de septiembre de 1852 al 5 de enero de 1853). Se adhirió al Plan de Ayutla, proclamado el primero de marzo de 1854, por cuyo motivo sufrió destierro en Cadereyta, Guanajuato.
Guillermo se opuso con todas sus fuerzas al regreso de Santa Anna al poder. Y corriendo el año de 1853, lo fustigaba cotidianamente, casi, desde el periódico, El Monitor Republicano. En un jocoso escrito, Prieto cuenta que Santa Anna mandó por él. Ya enfrente de él y ante un grupo de comensales, trató de castigarlo dándole de bastonazos, pues ya estaba cojo. Ágilmente, don Guillermo saltaba evitando los golpes, mientras le daba vuelta a la gran mesa y cogió a toda prisa para la puerta que daba a la calle. Al día siguiente fueron por él para desterrarlo a Cadereyta.
Y de veras, debe haber sufrido ese castigo bastante, de acuerdo a esta poesía que transcribimos de su libro “Musa Callejera”:
MIS DULZURAS
Tengo por vecindad una escoleta
En que truena perpetua la tambora
Y alterna con la trompa graznadora
El agudo octavino y la trompeta.
De una escuela la eterna cantaleta
Me desgarra la oreja, hora por hora,
Y un chico de la criada ya a la aurora,
Chilla si el pecho maternal no aprieta.
Por posdata, sus gallos temerarios
Rubín pone en el cuarto de delante;
Corona todo el tren un campanario
Pertinaz, obstinado e incesante
En repicar … Aqueste es mi calvario
En Cadereyta, calle del Diamante.
Cuando triunfó el Plan de Ayutla, retornó Prieto a la ciudad de México y fue una de los constituyentes de la carta magna de 1857: Participó como funcionario en el gobierno de Juárez, y luchó denodadamente contra los franceses, desde sus tribunas periodísticas y escribiendo el ya reproducido himno contra la intervención. Los periódicos liberales acogieron sus colaboraciones: La Orquesta, La Chinaca, El Cura de Tamajón. Ya restaurada la república escribió en publicaciones donde se plasmaba la naciente configuración moderna de la nación: Liceo Hidalgo, El Renacimiento,
Posteriormente, volvió a desempeñar la cartera de Hacienda --"limpiaba el tesoro de sombras y mamotretos"--, en el gobierno de Don Juan Álvarez (6 de octubre al 6 de diciembre de 1855). Fue diputado 15 veces durante 20 periodos del Congreso de la Unión, y participó, representando a Puebla, en el Congreso Constituyente de 1856-1857. Por tercera vez al frente del Ministerio de Hacienda (21 de enero de 1858 al 2 de enero de 1859), acompañó al presidente Don Benito Juárez en su huida, después del pronunciamiento del general Félix Zuloaga.
En Guadalajara don Guillermo Prieto salvó la vida del presidente Juárez, interponiéndose entre él y los fusiles de la guardia sublevada.
He aquí como lo expone el propio Guillermo Prieto:
El día que salvé a Juárez
Texto del poeta mexicano Guillermo Prieto sobre el presidente Benito Juárez.
“Se había anunciado que nos fusilarían en una hora. Algunos, como Ocampo, escribían sus disposiciones. El señor Juárez se paseaba silencioso, con inverosímil tranquilidad. Yo salí a la puerta a ver lo que ocurría.
Guillermo se opuso con todas sus fuerzas al regreso de Santa Anna al poder. Y corriendo el año de 1853, lo fustigaba cotidianamente, casi, desde el periódico, El Monitor Republicano. En un jocoso escrito, Prieto cuenta que Santa Anna mandó por él. Ya enfrente de él y ante un grupo de comensales, trató de castigarlo dándole de bastonazos, pues ya estaba cojo. Ágilmente, don Guillermo saltaba evitando los golpes, mientras le daba vuelta a la gran mesa y cogió a toda prisa para la puerta que daba a la calle. Al día siguiente fueron por él para desterrarlo a Cadereyta.
Y de veras, debe haber sufrido ese castigo bastante, de acuerdo a esta poesía que transcribimos de su libro “Musa Callejera”:
MIS DULZURAS
Tengo por vecindad una escoleta
En que truena perpetua la tambora
Y alterna con la trompa graznadora
El agudo octavino y la trompeta.
De una escuela la eterna cantaleta
Me desgarra la oreja, hora por hora,
Y un chico de la criada ya a la aurora,
Chilla si el pecho maternal no aprieta.
Por posdata, sus gallos temerarios
Rubín pone en el cuarto de delante;
Corona todo el tren un campanario
Pertinaz, obstinado e incesante
En repicar … Aqueste es mi calvario
En Cadereyta, calle del Diamante.
Cuando triunfó el Plan de Ayutla, retornó Prieto a la ciudad de México y fue una de los constituyentes de la carta magna de 1857: Participó como funcionario en el gobierno de Juárez, y luchó denodadamente contra los franceses, desde sus tribunas periodísticas y escribiendo el ya reproducido himno contra la intervención. Los periódicos liberales acogieron sus colaboraciones: La Orquesta, La Chinaca, El Cura de Tamajón. Ya restaurada la república escribió en publicaciones donde se plasmaba la naciente configuración moderna de la nación: Liceo Hidalgo, El Renacimiento,
Posteriormente, volvió a desempeñar la cartera de Hacienda --"limpiaba el tesoro de sombras y mamotretos"--, en el gobierno de Don Juan Álvarez (6 de octubre al 6 de diciembre de 1855). Fue diputado 15 veces durante 20 periodos del Congreso de la Unión, y participó, representando a Puebla, en el Congreso Constituyente de 1856-1857. Por tercera vez al frente del Ministerio de Hacienda (21 de enero de 1858 al 2 de enero de 1859), acompañó al presidente Don Benito Juárez en su huida, después del pronunciamiento del general Félix Zuloaga.
En Guadalajara don Guillermo Prieto salvó la vida del presidente Juárez, interponiéndose entre él y los fusiles de la guardia sublevada.
He aquí como lo expone el propio Guillermo Prieto:
El día que salvé a Juárez
Texto del poeta mexicano Guillermo Prieto sobre el presidente Benito Juárez.
“Se había anunciado que nos fusilarían en una hora. Algunos, como Ocampo, escribían sus disposiciones. El señor Juárez se paseaba silencioso, con inverosímil tranquilidad. Yo salí a la puerta a ver lo que ocurría.
En el patio la gritería era espantosa.
Los soldados entraron al salón... arrollándolo todo. A su frente venía un joven moreno, de ojos negros como relámpagos: era Peraza. Corría de un extremo a otro con pistola en mano un joven de cabellos rubios: era Moret. Y formaba en aquella vanguardia don Filomeno Bravo, gobernador de Colima después.
Aquella terrible columna, con sus armas cargadas, hizo alto frente a la puerta del cuarto... y sin más reserva, y sin saber quién daba las voces de mando, oímos indistintamente: "¡Al hombro! ¡Presenten! ¡Preparen! ¡Apunten!...".
Los feroces rostros de los soldados, su ademán, la conmoción misma, lo que yo amaba a Juárez... yo no sé... se apoderó de mí algo de vértigo, o de algo que no pude dar cuenta... Rápido como el pensamiento, tomé al señor Juárez de la ropa, lo puse a mi espalda, lo cubrí con mi cuerpo... Abrí mis brazos... y ahogando a la voz de "fuego" que tronaba en aquel instante, grité: "¡Levanten esas armas! ¡Los valientes no asesinan!".[18]
El descontento general favoreció a los liberales, pero el país todavía presenciaría los pronunciamientos del moderado Manuel Doblado en el Bajío y del conservador Antonio Haro y Tamariz en San Luis Potosí, combatidos por el general Comonfort. Haro pretendía establecer el Imperio de Anáhuac con Agustín de Iturbide, hijo, en el trono.
Mientras Comonfort consolidaba el triunfo, liberales exiliados en Nueva Orleáns, como Melchor Ocampo y Benito Juárez, apresuraron su retorno. Santa Anna salió el 17 de agosto de 1855 de la capital, ocupada por los liberales el 16 de septiembre. El 14 de octubre, representantes de los estados elegían a Juan Álvarez presidente provisional, quien nombró un gabinete de puros: Ocampo, Juárez, Ponciano Arriaga y Guillermo Prieto, y el moderado Comonfort.
En 1854 Comonfort se unió al viejo insurgente Juan Álvarez y a los liberales desterrados de Nueva Orleáns para proclamar el Plan de Ayutla, que terminaría con el derrocamiento de Santa Anna. El general Juan Álvarez asumió la presidencia de la República y nombró a Comonfort ministro de Guerra y Marina, cargo que desempeñó hasta el 10 de diciembre de 1855. Tras la renuncia de Álvarez, Comonfort asumió la presidencia en calidad de sustituto, y permaneció en ella hasta el 30 de noviembre de 1857.
Durante el breve gobierno liberal de Álvarez se decretaron leyes en que cristalizaba la nueva ideología en el poder. La primera de ellas fue la ley Juárez; elaborada por el ministro de Justicia, suprimía parcialmente los fueros y abolía los tribunales especiales para delitos del fuero común. Los tribunales eclesiásticos y militares ya no podrían encargarse de los individuos que no pertenecieran a su corporación. Esta disposición buscaba la igualdad de todos los mexicanos ante la ley. Pero Álvarez, que ya era un hombre de edad avanzada y no se acostumbró a la vida en la ciudad, se retiró y dejó como presidente a Comonfort. El gabinete liberal se dispersó y muchos de sus miembros volvieron a sus estados natales como gobernadores: Benito Juárez a Oaxaca, Melchor Ocampo a Michoacán, Santos Degollado a Jalisco y Manuel Doblado a Guanajuato
En octubre se convocaron elecciones para el Congreso Constituyente y en noviembre se expedía la Ley Juárez, que suprimía, como ya indiqué, los fueros militar y eclesiástico, aboliendo el privilegio de ser juzgados por sus propios tribunales en delitos del orden común.
El "cacique" del sur, Álvarez, renunció a la presidencia el 11 de diciembre y Comonfort se hizo cargo del ejecutivo y de inmediato tuvo que enfrentar otro movimiento rebelde surgido en Puebla al grito de "religión y fueros". Impaciente con los conservadores, Comonfort expropió los bienes del obispado de Puebla y promulgó dos leyes reformistas: la Ley Lerdo, que desamortizaba las fincas rústicas y urbanas de las corporaciones religiosas y civiles, y la Ley Iglesias, que prohibía el cobro de obvenciones parroquiales a los pobres.
El triunfo de los liberales mexicanos abrió la posibilidad de crear una nueva Constitución acorde con sus ideas y principios. Esta Carta Magna entró en vigor en 1857.
Cuando Juárez inició la restauración de la República, don Guillermo Prieto fue nombrado por cuarta ocasión ministro de Hacienda. Con esta responsabilidad se entregó a la difícil tarea de llevar a cabo la Reforma, y así lo hizo al publicar el decreto del 5 de febrero de 1861, que decía que los bienes eclesiásticos eran y habían sido siempre del dominio de la nación, y en consecuencia resultaban nulos los contratos y negocios celebrados por el clero sin el consentimiento y la aprobación del gobierno constitucional. Fue más tarde ministro de Relaciones Exteriores en el gabinete de José María Iglesias.
Compuso el himno satírico de los ejércitos liberales: “Los cangrejos”, a cuyo ritmo entraron las tropas de Jesús González Ortega a la ciudad de México en enero de 1861.[19]
El texto de Guillermo Prieto alude a los invasores franceses y al grupo conservador (casacas y sotanas) que los apoyó. Se burla de sus aparentes intenciones de contribuir al progreso del país (los sabios de montera felices nos harán) y para enfatizar esta idea los llama cangrejos, cuya característica es la de caminar hacia atrás o de lado, que es una metáfora de lo que franceses y conservadores hicieron con el país en esa época.
Los cangrejos caricaturiza la figura y propósitos de los franceses y de los conservadores, es decir, ridiculiza la situación de nuestro país en esa época para evidenciar los desaciertos de un bando político
Helo aquí: LOS CANGREJOS
Mientras Comonfort consolidaba el triunfo, liberales exiliados en Nueva Orleáns, como Melchor Ocampo y Benito Juárez, apresuraron su retorno. Santa Anna salió el 17 de agosto de 1855 de la capital, ocupada por los liberales el 16 de septiembre. El 14 de octubre, representantes de los estados elegían a Juan Álvarez presidente provisional, quien nombró un gabinete de puros: Ocampo, Juárez, Ponciano Arriaga y Guillermo Prieto, y el moderado Comonfort.
En 1854 Comonfort se unió al viejo insurgente Juan Álvarez y a los liberales desterrados de Nueva Orleáns para proclamar el Plan de Ayutla, que terminaría con el derrocamiento de Santa Anna. El general Juan Álvarez asumió la presidencia de la República y nombró a Comonfort ministro de Guerra y Marina, cargo que desempeñó hasta el 10 de diciembre de 1855. Tras la renuncia de Álvarez, Comonfort asumió la presidencia en calidad de sustituto, y permaneció en ella hasta el 30 de noviembre de 1857.
Durante el breve gobierno liberal de Álvarez se decretaron leyes en que cristalizaba la nueva ideología en el poder. La primera de ellas fue la ley Juárez; elaborada por el ministro de Justicia, suprimía parcialmente los fueros y abolía los tribunales especiales para delitos del fuero común. Los tribunales eclesiásticos y militares ya no podrían encargarse de los individuos que no pertenecieran a su corporación. Esta disposición buscaba la igualdad de todos los mexicanos ante la ley. Pero Álvarez, que ya era un hombre de edad avanzada y no se acostumbró a la vida en la ciudad, se retiró y dejó como presidente a Comonfort. El gabinete liberal se dispersó y muchos de sus miembros volvieron a sus estados natales como gobernadores: Benito Juárez a Oaxaca, Melchor Ocampo a Michoacán, Santos Degollado a Jalisco y Manuel Doblado a Guanajuato

En octubre se convocaron elecciones para el Congreso Constituyente y en noviembre se expedía la Ley Juárez, que suprimía, como ya indiqué, los fueros militar y eclesiástico, aboliendo el privilegio de ser juzgados por sus propios tribunales en delitos del orden común.
El "cacique" del sur, Álvarez, renunció a la presidencia el 11 de diciembre y Comonfort se hizo cargo del ejecutivo y de inmediato tuvo que enfrentar otro movimiento rebelde surgido en Puebla al grito de "religión y fueros". Impaciente con los conservadores, Comonfort expropió los bienes del obispado de Puebla y promulgó dos leyes reformistas: la Ley Lerdo, que desamortizaba las fincas rústicas y urbanas de las corporaciones religiosas y civiles, y la Ley Iglesias, que prohibía el cobro de obvenciones parroquiales a los pobres.
El triunfo de los liberales mexicanos abrió la posibilidad de crear una nueva Constitución acorde con sus ideas y principios. Esta Carta Magna entró en vigor en 1857.
Cuando Juárez inició la restauración de la República, don Guillermo Prieto fue nombrado por cuarta ocasión ministro de Hacienda. Con esta responsabilidad se entregó a la difícil tarea de llevar a cabo la Reforma, y así lo hizo al publicar el decreto del 5 de febrero de 1861, que decía que los bienes eclesiásticos eran y habían sido siempre del dominio de la nación, y en consecuencia resultaban nulos los contratos y negocios celebrados por el clero sin el consentimiento y la aprobación del gobierno constitucional. Fue más tarde ministro de Relaciones Exteriores en el gabinete de José María Iglesias.
Compuso el himno satírico de los ejércitos liberales: “Los cangrejos”, a cuyo ritmo entraron las tropas de Jesús González Ortega a la ciudad de México en enero de 1861.[19]
El texto de Guillermo Prieto alude a los invasores franceses y al grupo conservador (casacas y sotanas) que los apoyó. Se burla de sus aparentes intenciones de contribuir al progreso del país (los sabios de montera felices nos harán) y para enfatizar esta idea los llama cangrejos, cuya característica es la de caminar hacia atrás o de lado, que es una metáfora de lo que franceses y conservadores hicieron con el país en esa época.
Los cangrejos caricaturiza la figura y propósitos de los franceses y de los conservadores, es decir, ridiculiza la situación de nuestro país en esa época para evidenciar los desaciertos de un bando político
Helo aquí: LOS CANGREJOS
Himno contra los conservadores.
Casacas y sotanas
dominan dondequiera,
los sabios de montera
felices nos harán.
Cangrejos a compás
marchemos para atrás
zis, zis y zas,
marchemos para atrás.
Casacas y sotanas
dominan dondequiera,
los sabios de montera
felices nos harán.
Cangrejos a compás
marchemos para atrás
zis, zis y zas,
marchemos para atrás.
¡Maldita federata!
¡Que oprobios nos recuerda!
hoy los pueblos en cuerda
se miran desfilar
Cangrejos, a compás,
marchemos para atrás.
¡Que oprobios nos recuerda!
hoy los pueblos en cuerda
se miran desfilar
Cangrejos, a compás,
marchemos para atrás.
Si indómito el comanche
nuestra frontera asola,
la escuadra de Loyola
en México dirá:
Cangrejos a compás,
marchemos para atrás.
Horrible contrabando,
cual plaga lo denuncio;
pero entretanto el Nuncio
repite sin cesar:
Cangrejos a compás
marchemos para atrás.
cual plaga lo denuncio;
pero entretanto el Nuncio
repite sin cesar:
Cangrejos a compás
marchemos para atrás.
En ocio, el artesano
se oculta por la leva;
ya ni al mercado lleva
el indio su huacal.
Cangrejos a compás,
marchemos para atrás.
se oculta por la leva;
ya ni al mercado lleva
el indio su huacal.
Cangrejos a compás,
marchemos para atrás.
(Estrofas ¿de otra mano?, 1861)
Al sable y al bonete
el pueblo les dirá:
en las revoluciones
pararse es ir atrás.
Rompí ya mis cadenas,
brilló la libertad;
que marchen los cangrejos,
que marchen al compás.
Murió la tiranía,
ya sólo imperará
de la Constitución
la excelsa majestad.
Por eso al que pretende
ad libitum mandar,
el pueblo grita airado
¡cangrejos, para atrás!
ya sólo imperará
de la Constitución
la excelsa majestad.
Por eso al que pretende
ad libitum mandar,
el pueblo grita airado
¡cangrejos, para atrás!
Si progreso y reforma
palabras son no más,
y tras ellos no marchan
honor y probidad;
si sólo es ilusión
la santa Libertad,
no hay duda que marchamos,
cangrejos, para atrás.
palabras son no más,
y tras ellos no marchan
honor y probidad;
si sólo es ilusión
la santa Libertad,
no hay duda que marchamos,
cangrejos, para atrás.

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