domingo, 2 de febrero de 2014

2 CAPÍTULOS DE LAS BATALLAS EN EL DESIERTO DE JOSÉ EMLI PACHECO

¡Salud amigo, con optimismo y alegría te saludo!

The past is a foreign country. They do things
differently there.

ALÍ BABÁ Y LOS CUARENTA LADRONES


Era extraño que si su padre tenía un puesto tan importante en el gobierno y
una influencia decisiva en los negocios, Jim estudiara en un colegio de mediopelo,
propio para quienes vivíamos en la misma colonia Roma venida a menos, no para el
hijo del poderosísimo amigo íntimo y compañero de banca de Miguel Alemán; el
ganador de millones y millones a cada iniciativa del presidente: contratos por todas partes, terrenos en Acapulco, permisos de importación, constructoras, autorizaciones
para establecer filiales de compañías norteamericanas; asbestos, leyes para cubrir
todas las azoteas con tinacos de asbesto cancerígeno; reventa de leche en polvo
hurtada a los desayunos gratuitos en las escuelas populares, falsificación de vacunas y
medicinas, enormes contrabandos de oro y plata, inmensas extensiones compradas a
centavos por metro, semanas antes de que se anunciaran la carretera o las obras de
urbanización que elevarían diez mil veces el valor de aquel suelo; cien millones de
pesos cambiados en dólares y depositados en Suiza el día anterior a la devaluación.
Aún más indescifrable resultaba que Jim viviera con su madre no en una casa
de Las Lomas, o cuando menos Polanco, sino en un departamento en un tercer piso
cerca de la escuela. Qué raro. No tanto, se decía en los recreos: la mamá de Jim es la
querida de ese tipo. La esposa es una vieja horrible que sale mucho en sociales. Fíjate
cuando haya algo para los niños pobres (je je, mi papá dice que primero los hacen
pobres y luego les dan limosna) y la verás retratada: espantosa, gordísima. Parece
guacamaya o mamut. En cambio la mamá de Jim es muy joven, muy guapa, algunos
creen que es su hermana. Y él, terciaba Ayala, no es hijo de ese cabrón ratero que
está chingando a México, sino de un periodista gringo que se llevó a la mamá a San
Francisco y nunca se casó con ella. El Señor no trata muy bien al pobre de Jim. Dicen
que tiene mujeres por todas partes. Hasta estrellas de cine y toda la cosa. La mamá de
Jim sólo es una entre muchas.
No es cierto, les contestaba yo. No sean así. ¿Les gustaría que se hablara de
sus madres en esa forma? Nadie se atrevió a decirle estas cosas a Jim pero él, como si
adivinara la murmuración, insistía: Veo poco a mi papá porque siempre está fuera,
trabajando al servicio de México. Sí cómo no, replicaba Alcaraz: "trabajando al servicio
de México": Alí Baba y los cuarenta ladrones. Dicen en mi casa que están robando
hasta lo que no hay. Todos en el gobierno de Alemán son una bola de ladrones. Ya que
te compre otro suetercito con lo que nos roba.
Jim se pelea y no quiere hablar con nadie. No me imagino qué pasaría si se
enterase de los rumores acerca de su madre. (Cuando él está presente los ataques de
nuestros compañeros se limitan al Señor.) Jim se ha hecho mi amigo porque no soy su
juez. En resumidas cuentas, él qué culpa tiene. Nadie escoge cómo nace, en dónde
nace, cuándo nace, de quiénes nace. Y ya no vamos a entrar en la guerra de los
recreos. Hoy los judíos tomaron Jerusalén pero mañana será la venganza de los
árabes.Los viernes, a la salida de la escuela, iba con Jim al Roma, el Royal, el Balmori,
cines que ya no existen. Películas de Lassie o Elizabeth Taylor adolescente. Y nuestro
predilecto: programa triple visto mil veces: Frankenstein, Drácula, El Hombre Lobo. O
programa doble: Aventuras en Birmania y Dios es mi copiloto. O bien, una que al padre
Pérez del Valle le encantaba proyectar los domingos en su Club Vanguardias: Adiós,
míster Chips. Me dio tanta tristeza como Bambi. Cuando a los tres o cuatro años vi
esta película de Walt Disney, tuvieron que sacarme del cine llorando porque los
cazadores mataban a la mamá de Bambi. En la guerra asesinaban a millones de
madres. Pero no lo sabía, no lloraba por ellas ni por sus hijos; aunque en el Cinelandia
-junto a las caricaturas del Pato Donald, el Ratón Mickey, Popeye el Marino, el Pájaro
Loco y Bugs Bunny-pasaban los noticieros: bombas cayendo a plomo sobre las
ciudades, cañones, batallas, incendios, ruinas, cadáveres.









IV
LUGAR DE ENMEDIO
 

Éramos tantos hermanos que no podía invitar a Jim a mi casa. Mi madre
siempre arreglando lo que dejábamos tirado, cocinando, lavando ropa; ansiosa de
comprar lavadora, aspiradora, licuadora, olla express, refrigerador eléctrico. (El nuestro era de los últimos que funcionaban con un bloque de hielo cambiado todas las mañanas.) En esa época mi madre no veía sino el estrecho horizonte que le mostraron en su casa. Detestaba a quienes no eran de Jalisco. Juzgaba extranjeros al resto de los mexicanos y aborrecía en especial a los capitalinos. Odiaba la colonia Roma porqueempezaban a desertarla las buenas familias y en aquellos años la habitaban árabes yjudíos y gente del sur: campechanos, chiapanecos, tabasqueños, yucatecos. Regañabaa Héctor que ya tenía veinte años y en vez de asistir a la Universidad Nacional endonde estaba inscrito, pasaba las semanas en el Swing Club y en billares, cantinas,
burdeles. Su pasión era hablar de mujeres, política, automóviles. Tanto quejarse de los
militares, decía, y ya ven cómo anda el país cuando imponen en la presidencia a un
civil. Con mi general Henríquez Guzmán, México estaría tan bien como Argentina con el general Perón. Ya verán, ya verán cómo se van a poner aquí las cosas en 1952. Me
canso que, con el PRI o contra el PRI, Henríquez Guzmán va a ser presidente.
Mi padre no salía de su fábrica de jabones que se ahogaba ante la competencia
y la publicidad de las marcas norteamericanas. Anunciaban por radio los nuevos
detergentes: Ace, Fab, Vel, y sentenciaban: El jabón pasó a la historia. Aquella espuma
que para todos (aún ignorantes de sus daños) significaba limpieza, comodidad,
bienestar y, para las mujeres, liberación de horas sin término ante el lavadero, para
nosotros representaba la cresta de la ola que se llevaba nuestros privilegios.
Monseñor Martínez, arzobispo de México, decretó un día de oración y penitencia
contra el avance del comunismo. No olvido aquella mañana: en el recreo le mostraba a
Jim uno de mis Pequeños Grandes Libros, novelas ilustradas que en el extremo
superior de la página tenían cinito (las figuras parecían moverse si uno dejaba correr
las hojas con el dedo pulgar), cuando Rosales, que nunca antes se había metido
conmigo, gritó: Hey, miren: esos dos son putos. Vamos a darles pamba a los putos. Me
le fui encima a golpes. Pásame a tu madre, pinche buey, y verás qué tan puto, indio
pendejo. El profesor nos separó. Yo con un labio roto, él con sangre de la nariz que le
manchaba la camisa.
Gracias a la pelea mi padre me enseñó a no despreciar. Me preguntó con quién
me había enfrentado. Llamé "indio" a Rosales. Mi padre dijo que en México todos
éramos indios, aun sin saberlo ni quererlo. Si los indios no fueran al mismo tiempo los
pobres nadie usaría esa palabra a modo de insulto. Me referí a Rosales como "pelado".
Mi padre señaló que nadie tiene la culpa de estar en la miseria, y antes de juzgar mal a
alguien debía pensar si tuvo las mismas oportunidades que yo.
Millonario frente a Rosales, frente a Harry Atherton yo era un mendigo. El año
anterior, cuando aún estudiábamos en el Colegio México, Harry Atherton me invitó una
sola vez a su casa en Las Lomas: billar subterráneo, piscina, biblioteca con miles de
tomos encuadernados en piel, despensa, cava, gimnasio, vapor, cancha de tenis, seis
baños. (¿Por qué tendrán tantos baños las casas ricas mexicanas?) Su cuarto daba a
un jardín en declive con árboles antiguos y una cascada artificial. A Harry no lo habían
puesto en el Americano sino en el México para que conociera un medio de lengua
española y desde temprano se familiarizara con quienes iban a ser sus ayudantes, sus
prestanombres, sus eternos aprendices, sus criados.
Cenamos. Sus padres no me dirigieron la palabra y hablaron todo el tiempo en
inglés. Honey, how do you like the little Spic? He's a midget, isn't he? Oh Jack, please.
Maybe the poor kid is catching on. Don't worry, dear, he wouldn't understand a thing. Al día siguiente Harry me dijo: Voy a darte un consejo: aprende a usar los cubiertos.
Anoche comiste filete con el tenedor del pescado. Y no hagas ruido al tomar la sopa,
no hables con la boca llena, mastica despacio trozos pequeños.
Lo contrario me pasó con Rosales cuando acababa de entrar en esta escuela, ya
que ante la crisis de su fábrica mi padre no pudo seguir pagando las colegiaturas del
México. Fui a copiar unos apuntes de civismo a casa de Rosales. Era un excelente
alumno, el de mejor letra y ortografía, y todos lo utilizábamos para estos favores. Vivía
en una vecindad apuntalada con vigas. Los caños inservibles anegaban el patio. En el
agua verdosa flotaba mierda.
A los veintisiete años su madre parecía de cincuenta. Me recibió muy amable y,
aunque no estaba invitado, me hizo compartir la cena. Quesadillas de sesos. Me dieron asco...  Fotografía

Fotografía

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